Todos somos Yuqui

Publié le par sab

Pablo Cingolani (art.), in : El juguete rabioso; La Paz, noviembre 13 de 2005

Es de noche, acabo de comer mi cena -caliente la comida, caliente la casa- enciendo el computador y empiezo a teclear : los Yuqui se están muriendo.

Los dientes se me alargan como dirí­a Miguel, se eriza mi piel, se esta erizando pensando lo fácil que es anotar esas palabras. Tengo todo para hacerlo y ellos no tienen nada y lo peor: se están muriendo, arrasados por un hongo del demonio que lo estraga y la tuberculosis (que también mataba a los orbreros) que no quiere que vivan más.

Entonces, vuela mi corazón hasta Chimoré, hasta el asentamiento donde otros los forzaron a vivir, a vivir tan mal que ahora se están muriendo: los desvasta la enfermedad pero no sólo eso. Los hace sucumbir el desarraigo, el alcohol, la negación de su identidad, el hambre, la imposición que sufrieron.

Si de algo sirven los computadores, poder comer bien, vivir seguro, y todo lo que puede resumirlo como sistema de convivencia -llamámoslo democracia- es el respeto y el valor que le asignamos a la diversidad. Todos. Y todos somos valiosos, más aún los Yuqui ¡que se están muriendo, carajo!

Vuelo más allá, más atrás, más adentro: cuando los Yuqui eran libres, cuando viví­an de acuerdo a sus conocimientos y sus tradiciones, cuando no se estaban muriendo como ahora.

Me los imagino sedientos de fe en sí­ mismos : por algo algunos han pretendido estigmatizarlos, escribiendo que "no conocí­an ningún método para encender fuego" para considerarlos uno de los pueblos más "primitivos" del planeta. Eso justificó la acción de los pretendidamente "civilizados": así­ los obligaron a vivir contra sus principios -en nombre de Dios, claro- y vivir en contra de los principios en los cuales uno cree, se sabe, es la forma más trágica de ir muriéndose a poco.

Eso sucede con los Yuqui: ¿cómo puedes sobrevivir si alguien te roba el alma? El alma Yuqui era la selva y sus espí­ritus, era el caminar y los dioses que te amparan en la travesí­a, era la libertad.

Hoy, recluidos en una cárcel virtual pero no menos real, se están muriendo, se están muriendo y yo tecleando en la computadora del dichoso siglo XXI. El asqueroso siglo donde una globalización a cañonazos pretende imponer una cultura única: la comida que te mata y la televisión que te anestesia. No más Yuqui, no más irakí­es, a menos que se sometan y se traguen Burguer King y se enchufen a la CNN.

Al grano : no debemos permitir que un pueblo entero desaparezca. Arde Parí­s y por algo es: no podemos aceptar que un nuevo etnocidio se produzca en pleno siglo XXI. No debemos ni podemos aceptar no sólo la situación actual que padecen los Yuqui sino también la que involucra a otros pueblos que son parte de la Bolivia profunda -“de ese paí­s que no miramos porque no queremos ver- como son los Araona, los Pacaguara, los Yaminagua, los Ayoreo. Si no tomamos conciencia de la gravedad del asunto -“esto es : de la necesidad de preservar la vida y la identidad de muchos de nuestros pueblos originarios- estos desaparecerán de manera irremediable en pocos años.

Esto serí­a una tragedia sin atenuantes y algo que deberí­a avergonzarnos de antemano. Parafraseando a Drummond, un pueblo son todos los pueblos. Cada vez que un pueblo originario desapareció -“me sacuden la memoria los últimos fueguinos-, la humanidad no sólo perdió una parte sustantiva de su acervo histórico, la experiencia vital de aquellos que ocupaban un determinado territorio desde siempre y por ello conocí­an sus latidos como ninguno; cuando un grupo humano y su cultura desaparecen para siempre, la especie humana -“un hombre son todos los hombres decí­a el gran poeta brasileño- no sólo pierde su historia sino su dignidad.

No deber haber pretexto -“ni la crí­tica situación que padecemos todos en paí­ses como el nuestro, gracias a ese poder hegemónico absurdo que se avergüenza de los matices porque lo suyo es siempre verde, no verde de naturaleza sino del maldito dólar -“ni menos la estúpida supervivencia del racismo y de las teorí­as darwinistas de sobrevivencia social frente al avance de esa pretendida modernidad -“que justifique que no se realicen todas las acciones posibles para evitar esta nueva hecatombe étnica en ciernes, para impedir que tengamos que informar que el último Yuqui ha muerto.

Si esto que escribo tiene algún valor, es para sumar voluntades y acciones concretas para salvar a los Yuqui de este final anunciado. Sé que ahora hay muchos que ya sí están moviendo para que eso no se suceda -“son amigos, son funconarios del gobierno, son seres humanos- pero se precisa más: más acción y más voluntad.

Los Yuqui son nuestra memoria y son nuestra dignidad. Un pueblo son todos los pueblos, un hombre son todos los hombres. Los Yuqui deberí­amos ser todos. Todos somos Yuqui.

La noche es más profunda aún. Los ruidos de la calle han dejado de existir y las estrellas son las únicas que me acompañan. Busco acabar este artí­culo para luego apagar la computadora e irme a dormir a mi cama. Caliente y segura. Lo único que me animo a escribir es: los Yuqui se están muriendo. Hagamos algo pero hagámoslo ahora antes de que sea demasiado tarde para hacer cualquier cosa. Todos somos Yuqui.

Les Yuquis vivent dans la selva, dans le département de Cochabamba. C'est un peuple qui a d'abord été soumis par les Incas, puis par les Espagnols, et enfin par les gouvernements actuels. Ce peuple-là, constitué de plusieurs ethnies, est précisément celui qui possède cette croyance en l'Eldorado.. L'Eldorado est quelque chose d'immatériel, que l'on pourrait apparenter au paradis chrétien, où l'on n'a besoin de rien puisque tout y est déjà ... Au temps des conquistadores, ils représentaient donc cet au-delà plein de toutes ces choses belles et nécessaires qui constituaient leur vie, et donc, aussi, l'or et l'argent. La quête de l'Eldorado par les Espagnols résulte ainsi d'une interprétation erronée des croyances indigènes... Un massacre pour un reflet entrevu dans un mirage. Aujourd'hui, leur population se réduit inéluctablement, la forêt dans laquelle ils vivent est exploitée illégalement pour ses bois précieux, et malgré une loi protégeant leurs coutumes, leur milieu de vie, leur langue, on pourra bientôt les rencontrer empaillés sur de riches étagères, ou gentiment coincés entre les pages d'une encyclopedia universalis que personne ne feuillettera.

Beaucoup de peuples vivent encore ici, dans la région amazonienne, en état d'esclavage : ne possédant pas de terre, ils cultivent celles de grands propriétaires pour en tirer leur subsistance, l'excédant revenant directement dans ces poches percées. Les propriétaires les fournissent largement en alcool et substances ou matériaux les rendant totalement dépendants, pour mieux les garder soumis. Ces gens-là n'ont rien d'autre que leur appartenance à la terre et à la forêt. Sans commentaire.

Sans vraiment de rapport direct mais néanmoins pas si éloigné que ça, je vous invite très chaudement à visiter le site de l'asso Survival, que certains connaissent déjà ...

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